Así fue mi parto.

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Uno de los primeros post de mi blog trataba en su mayor parte sobre el “plan de parto” y las expectativas que nos hacemos respecto a él.

Comentaba el miedo a tener tan pautado todo el proceso, que una vez llegado el momento, y si algo no salía según lo esperado, la frustración no me dejara reaccionar de la mejor manera posible.

La tarde del día 28 de abril, mis suegros vinieron a vernos. Nos fuimos a dar un paseo largo por el pueblo, los cuatro. Probablemente el día que mejor me he encontrado de las últimas semanas de embarazo.

Al llegar a casa me senté en el “fitball” y, durante una hora, estuve haciendo ejercicios y relajada viendo la televisión.

Nada me hacía pensar que el momento estaba tan cerca y a la vez tan lejos.

Como muchas sabéis, llevaba ya dos semanas con pródromos y, tanto la matrona como la ginecóloga, me habían explicado que quizá un preparto tan largo hiciera que en el momento del parto el proceso de dilatación se hiciera más llevadero. Nada más lejos.

Esa madrugada me desperté y fui consciente de que mi parto se estaba iniciando de una manera que no esperaba, alejada totalmente de la idea que yo me había hecho en la cabeza.

Rompí aguas mientras dormía, en la semana 39 de embarazo y sin contracciones.

Desperté a Guille y, según las indicaciones que nos habían dado durante todo el embarazo, sin prisa pero sin pausa, nos fuimos al hospital, ya conscientes de que el momento había llegado y nerviosos por saber si todo estaba bien.

Tengo que decir que me sorprendió mucho la reacción del personal médico a nuestra llegada. Culpa mía por haberme informado solo de una parte del proceso y no ponerme en la tesitura de que las cosas no ocurrieran de la manera que yo pensaba.

Hay diferentes protocolos de acción ante una rotura de bolsa en función de los diferentes hospitales. A muchas os sorprendió que mi parto durara tanto, teniendo en cuenta cómo comenzó. Y es que, reconozco que ignoraba el protocolo que llevaría a cabo nuestro hospital ya que, como ya os he dicho, en mi cabeza sólo existía una opción y obvié el resto de las posibilidades.

Siempre había oído que romper aguas implicaba que, si en un periodo máximo de 12 horas no te ponías de parto, el hospital procedía a inducírtelo. Con esa idea en la cabeza, me resultó inevitable preocuparme por algo que no quería que sucediera de ninguna de las maneras.

Pero no fue así. En este hospital, una vez rota la bolsa, te dan la opción de ingresar o, si lo prefieres, irte a casa, lo cual me parece estupendo si esto hace que estés más relajada durante el preparto.

Lo que sí te indican claramente es que, a las 12 horas de la rotura de la

bolsa, debes ingresar de cualquier manera para monitorizarte, pero en ningún caso para inducirte el parto aún, lo cual me tranquilizo.

Pero hay otra forma de plantearlo.

No sé si lo habéis oído, pero los “partos secos” suelen ser más dolorosos, o eso dicen, de lo normal por el hecho de que la bolsa ya no está amortiguando al bebé y éste empuja directamente contra el cuello del utero. Esa fue la explicación que recibí al dolor infernal que empecé a tener solo a dos horas de haber roto aguas.

Por eso, seis horas después de haber decidido volver a casa y relajarnos, volvimos al hospital e ingresamos a la espera de bajar a partos y que me hicieran el tacto para ver cómo iba la cosa.

Hablamos de las 6 de la tarde y sí, efectivamente y aunque os comento que los dolores no eran nada llevaderos, en el tacto me dijeron que apenas estaba dilatada de 1 cm.

14 horas ya de contracciones de intensidad importante y aún quedaba…

Y así seguimos durante otras 6 horas más hasta que, de una manera ya nada simpática, le dije a la enfermera que necesitaba la epidural sí o sí ya que, de seguir con ese nivel de dolor, iba a ser complicado llegar al expulsivo y que mi parto no acabara en cesárea.

Obviamente la matrona me dijo que había que esperar, que era demasiado pronto y hasta pasadas dos horas más no apareció el anestesista para ponérmela.

Cabe decir que para l@s que no lo sepáis, mi plan de parto era básicamente un parto sin anestesia epidural, con monitorizacion intermitente y lo más natural posible. Nada parecido a lo que acabo siendo.

A la una de la madrugada del 30 de abril me pusieron la epidural y poco después, por suerte, el turno de matronas cambió para dar paso a las dos mujeres que se convertirían más tarde en mis ángeles de la guarda.

Y es que, siempre he pensando que hay ciertos puestos de trabajo que son totalmente vocacionales y algo que noté durante los tres turnos anteriores de matronas fue totalmente lo contrario. Falta de empatía, malas formas y, sin duda, una capacidad nula a la hora de trasladar la información necesaria a una persona que pasaba por un parto. Y más en esas circunstancias por primera vez en su vida.

Me acordé entonces de la cantidad de mujeres que me hablaron de la importancia de tener una buena matrona durante el parto y fue, cuando vi a Vanesa, cuando me di cuenta de la razón que tenían.

Una residente que acompañaba a la matrona y que solo con su sonrisa me transmitía una tranquilidad que fue realmente decisiva para que todo terminara como terminó.

En cuestión de 4 horas dilate 8 cm y el

expulsivo comenzó.

A mi lado, apretándome la mano muy fuerte, mi alma gemela, todo en un ambiente tan relajado y tan plenamente consciente, que todas las horas anteriores dejaron de tener importancia dando paso a los 45 minutos más maravillosos de mi vida.

A las 15:48 estiré las manos y ayude a la matrona a que Álvaro llegara al mundo.

Y ahora viene lo mejor de esta historia que, para muchas, os habrá parecido truculenta y demasiado negativa para contar a mamás primerizas.

Fueron 32 horas de parto, dolorosísimas. 32 horas en las que lloré, sentí nervios, ansiedad y miedo. Pero en el momento en que vi la cara de mi hijo, todo paso a un segundo plano. No lo olvidé, ni lo olvidare nunca, pero la imagen de mi hijo viniendo al mundo de la más bonita de las maneras, hace que todo lo demás pierda la importancia que yo creí que tenía.

Y es que, no importa si parimos sin epidural, con ella, por cesárea o en casa… Todas somos y seremos igual de madres y todas encontraremos la pieza del puzzle que nos faltaba el día que veamos la carita de la persona más importante de nuestras vidas.