Él no ayuda. Padres del SXXI

Durante todos estos días, tras el parto, me habéis pedido que os cuente como transcurrió todo y que escriba un post con la experiencia.

Después de darle muchas vueltas he decidido darle la palabra a mi marido, porque durante estos días, he visto como quedaba totalmente apartado, recibiendo comentarios que más bien parecen salidos de “cuentame” en lugar de personas del siglo XXI. Así que sin más, os dejo con él, queriendo darle la importancia que se merece y con ánimo de dar voz a todos los hombres que se hayan sentido así en algún momento.

“Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit”

Estas palabras las escribió Tito Maccio Plauto en el 211 a.C. para su obra Asinaria.

Esta locución afirma que el hombre es un lobo para el hombre, cuando este no se conoce; y es cierto que parece ir ligada a la naturaleza humana de algunos individuos el imperativo de hacernos mal sin motivo aparente.

Durante el embarazo, y a lo largo de la maternidad/paternidad, se aborda de continuo la figura materna, como es lógico, pues el papel de la mujer no solo es el más importante, es increíblemente sacrificado. La partición de aporte al bebe por parte de la madre y del padre está muy sensiblemente decantada hacia el lado de las mujeres.

Y es que, a pesar de que cromosómicamente el trabajo está repartido al 50%, el hombre queda fuera de juego tras aportar su cromosoma “Y”, comenzando entonces la heroica labor de la madre, algo por lo que si tuviéramos que pasar los hombres ya se habría extinguido la raza humana. Nunca entenderé quién fue el misógino que invento lo del sexo débil.

Sin embargo, siendo cierto todo esto, existe una figura distinta de padre. Un tipo de padre que se implica en la crianza como un miembro útil de un equipo de dos.

Atrás quedó aquella figura del padre que esperaba en la silla de la habitación del hospital leyendo el periódico, mientras su mujer, tras realizar algo que fisiológicamente es tan inverosímil que el cuerpo ha de desgarrarse, saca fuerzas de un lugar del que solo las madres pueden y le da los cuidados necesarios a su bebé.

Y es aquí donde enlazo con la introducción.

¿Por qué tenemos que sufrir, los padres implicados en la crianza de nuestros hijos, los prejuicios ligados a otras generaciones?

Desde que me hijo llegó al mundo no paro de recibir un aluvión de comentarios juzgándome como padre. Primero por parte del personal médico del hospital: “el padre que te eche una mano, él también puede hacer algo…”.

Después por parte de vecin@s que irrumpen en la armonía y tranquilidad de mi hogar: “tendrás que cambiar algún pañal”, “vete familiarizándote con él, porque tendrás que pasar algún ratito juntos…”

El primer pañal que se cambió a nuestro hijo lo cambié yo. Me implico y dedico tiempo a nuestro hijo tanto como mi mujer. Y si pudiera le daba el pecho, pero no puedo…

Yo no ayudo a mi mujer con la crianza de nuestro hijo, porque la crianza es tarea de dos.

Tengo una mujer maravillosa que hizo algo inhumano, como Dante atravesando los 9 círculos del infierno, resistió 36 horas de dolor y no se dio por vencida.

Siento que jamás podré agradecerle lo suficiente lo que hizo y que nada de lo que haga podrá compensar lo que pasó. Los comentarios de esa gente que me juzgan no hacen más que alejar mi visión de mí mismo del hombre que quiero ser para ella, y eso me hunde hasta lo más bajo de mi ser.

Creo que, en general, los comentarios no constructivos deben ser omitidos, porque nunca sabemos de qué manera está construida la mente de nuestro interlocutor, y podemos hacer más daño del que pensamos.